Albert Figueras ha enfocado sus estudios en conocer los beneficios que tiene el bienestar emocional.
No solo matemática, ciencia y lenguaje tendrían que impartirse en las escuelas. Los niños también deberían aprender en las aulas cómo gestionar sus emociones para saber reconocer valores como empatía, convivencia y respeto hacia los demás. Ese cambio generaría mejores seres humanos y sería un avance hacia la formación de una mejor sociedad.
De ello está convencido Albert Figueras, farmacólogo de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien ha dedicado gran parte de su vida profesional a entender las consecuencias que tienen los medicamentos en las personas, sobre todo desde el aspecto emocional.
A partir de analizar el llamado efecto placebo que se produce en un paciente, Figueras empezó a sumergirse en los estudios de la mente humana, especialmente en la investigación sobre el poder que las emociones positivas tienen en el cuerpo y en la evolución de las enfermedades. “Este es un tema espiritual, pero también un tema médico y científico y ahí está la clave. Desde hace un par de décadas, todo lo que son las emociones, el bienestar y la felicidad han dejado de ser un asunto que la gente relaciona con los hippies o con la filosofía budista o zen”, afirma.
Parte del trabajo de Figueras, quien estuvo recientemente en Colombia por invitación del Centro Nacional de Consultoría, ha estado enfocado en dar claves para que los más pequeños aprendan a gestionar sus emociones. Una habilidad que, según él, es necesaria para ser mejores individuos.
¿Cómo se da este fenómeno entre los niños?
Diferentes estudios han analizado el impacto que tiene el bienestar emocional en la salud de los niños. Han comparado, por ejemplo, menores enfermos con otros sanos a partir de cosas aparentemente secundarias como aquello que hace el pequeño antes de llegar a la escuela y cuál es su rendimiento en las clases. Una de estas investigaciones estudió las diferencias entre quienes llegan al colegio en carro junto a sus padres y aquellos que lo hacen caminando y tienen que atravesar un parque donde se encuentran con otros compañeros, juegan con ellos y ven animales. Se demostró que los niños de este segundo grupo llegan al colegio más tranquilos, están más concentrados e, incluso, su rendimiento académico es superior.
¿Cuál sería una alternativa pedagógica?
Creo que una de las grandes asignaturas que habría que implementar en todos los colegios es la enseñanza de gestión de las emociones, que es identificarlas y manejarlas apropiadamente. Con esta asignatura se enseña lo que significa la empatía, la convivencia y el respeto hacia los demás. Estas medidas generarían mejores seres humanos y ahí sí que las escuelas deberían exigir un requisito a los niños y es que para salir de la escuela deben haberlo aprendido, lo cual sería un gran logro para la sociedad en el futuro.
¿Y cómo se enseña a gestionar las emociones?
Lo primero es aprender a identificar las emociones. Un proceso mediante el cual al niño se le enseña primero a reconocer cómo se siente cuando le pasan cosas buenas y malas. El siguiente paso es llevarlo a que identifique las emociones en los otros. Hay ejercicios como pedirles a los niños que reconozcan las expresiones faciales con dibujos o fotografías. De este modo se logra que sean conscientes de sus propias emociones y de cuándo una emoción puede llevar a la toma de una decisión equivocada.
¿Qué estrategias deben poner en marcha los padres y profesores para que los niños se involucren más con sus emociones?
Hay que dar elementos a los docentes para que puedan lidiar con estas situaciones, porque muchas veces estos temas no están en los currículos de pedagogía. Hay que incluir en los colegios una asignatura de educación de las emociones y que involucre a los papás para que sean conscientes de su responsabilidad. Para la muestra un botón: hace un par de semanas estaba en Barcelona esperando el autobús y había una madre con su hijo de unos diez años. Iban para la escuela y mientras conversaban, la madre le dijo al niño: “Es que este profesor no sabe nada”. ¿Cómo puede este niño responder en la escuela y tener respeto a este profesor si escucha estos mensajes contradictorios?
¿Cómo se les enseña a gestionar emociones tan intensas como el amor?
En el caso de las emociones positivas, lo que hay que saber conducir es el exceso de euforia y, sobre todo, enseñar a manejar la frustración en cuanto esta euforia o este sentido de alegría desaparecen. Hay que aprender que así uno esté feliz, ese es un estado que no durará toda la vida, pues tiene picos y valles. Si uno sabe esto, entonces podrá gestionarlo muy bien. El verdadero peligro de estar en la cima es la caída. Si no se está preparado para ella, las consecuencias pueden ser dramáticas.
¿Cuál es la clave para manejar un sentimiento tan fuerte como la frustración?
Lo primero es saber que es bueno tener objetivos y creerlos posibles, lo cual no significa que vayan a alcanzarse. Si eso está bien aprendido en la teoría, cuando llegue la práctica, la frustración será fácil de manejar. El apoyo del grupo cuando uno se siente mal porque no ha ganado ayuda mucho. Es normal sentir rabia al principio, pero no hay que dejar que esta se convierta en angustia. A las emociones no hay que cortarlas, sino reconducirlas.
 
 
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